Vivir sin culpa

Si usted es optimista (como yo) probablemente siempre piensa que está viviendo la mejor etapa de su vida, si no, ojalá algún día, no muy lejano encuentre motivos para sentirlo, porque vivir anhelando otro momento de la vida, hace que nos perdamos del presente y como bien dicen, el presente es lo único que hay.

Así que yo estoy fascinada con el tercer piso, con esta sensación de plenitud que da el saberme totalmente autosuficiente, saludable, con una carrera estable, con un lugar precioso al que llegar cada día, con la alegría de haber construido, hasta el momento, una red de amigas y amigos que son apoyo incondicional y fuente de inspiración para mi camino. Si veo mi vida en un cuadro, sale una sonrisa genuina, se siente bien la composición de la obra, la combinación de colores y el marco que he elegido.

Y de todas, la sensación que encuentro más maravillosa es la de no sentir culpa, cambiar esa “emoción”, ese recriminar constante porque hice, dije, comí, deje de hacer, expresé o no expresé, a la emoción de asumir con tranquilidad lo que estoy viviendo y cómo lo estoy viviendo, básicamente aceptar con responsabilidad las elecciones que hago y sacar el mejor provecho de ellas.

Creo que el mejor regalo que nos podemos dar, es el de elegir conscientemente emociones que nos sirvan como base para nuestro crecimiento, mientras soltamos esas que nos atan las alas y nos frustran los sueños.

 

¿Para qué un superman, si usted no se siente la mujer maravilla?

Si hay algo que valoro en los otros y por supuesto en mí misma es la autenticidad. Es una delicia ser uno mismo, con lo bueno, con lo malo, con lo chévere, con lo aburrido, con lo creativo, con lo existencial, con todo lo que hay y lo que no hay, sin necesidad de usar ninguna máscara.

A mí me encanta ser yo y disfruto mucho de la gente que es real conmigo.

Pero por alguna extraña razón… <aún no descifro cuál es> hay gente con la que esa autencidad se bloquea tenaz. De repente uno se encuentra tratando de hacer cosas para quedar bien, buscando los comentarios más “interesantes”, sonriendo cuando todo sabe mal y dejando de ser uno mismo, para atraer al otro.

¿Será una forma que tiene el universo para decir… -Esto no está fluyendo, usted no puede ser como es con esta persona, apague y vámonos?

Hace poco hablaba con un amigo al que le pasa eso con una niña que le gusta. Y escuchando cómo describe su forma de actuar con ella, me vi super reflejada con un tipo que me gustó, pero con el que no fluyeron las cosas. En el momento en que le dije: -¿Cómo vas a gustarle, si no eres el verdadero tú cuando estás con ella? Fue como hablarme a mí misma.

Si usted siente que tiene que ser otra persona para “encajar” con el otro, definitivamente la vida no va por ahí… imagínese que el otro se come el cuento y la relación “fluye” usted tendría que fingir toda la vida algo que no es ¡o peor! terminaría siendo ese alguien fingido y perdería por completo su escencia.

Habiendo tanta gente, que con su presencia potencializa, la maravilloso que uno es, ¿para qué engancharse con alguien que de alguna manera lo minimiza a uno (o con quién uno se minimiza)? Al final tener que estar pretendiendo ser esto o aquello, lo único que genera es opacar nuestra escencia, hasta agotarla.

Así esa otra persona sea el top 10 de todo lo que usted ha soñado en la vida… que guapo, inteligente, gracioso, deportista, blah blah blah, ¡lo cierto es que no le hace bien! y para escoger pareja, no es suficiente tener de novio a superman, si a su lado, usted no se siente la mujer maravilla (o al revés).

 

Vivimos como hamsters

Esto del estado reflexivo se está volviendo una constante, a veces un tanto agotador, pero al final de todo siempre revelador y de crecimiento.

Vivimos con afán de más, con una sensación de insuficiencia que amarga el corazón. Y digo vivimos, porque el sistema nos lleva al límite de la insatisfacción para mantenernos en el juego. El juego de consumir más, de querer lo último, lo nuevo, lo que no tenemos, como si estuviéramos alimentando un bote vacío que tiene un enorme hueco abajo y jamás encuentra llenadera.

De alguna manera somos víctimas de un sistema económico y político que se alimenta de esa constante insatisfacción, creemos que con el consumo se disuelven los problemas, el famoso shopping cuando todo va pal carajo, cómo si pudiéramos llenar la vida con cosas. Y el resultado de eso, no es sólo un hueco enorme en la tarjeta de crédito o la repetitiva sensación de que sigue sin ser suficiente, es también un impacto ENORME en el planeta.

Este modelo de vida, este modelo económico que nos usa como hámster para darle impulso a la rueda, además de matarnos la felicidad, está matándonos físicamente por el efecto que tiene en el cambio climático. La producción de un mundo de cosas que no necesitamos, fabricadas por industrias basadas en el uso de combustibles fósiles, no da esperanza para que próximas generaciones disfruten mínimamente de las maravillas que la naturaleza hoy nos ofrece gratis.

No, no necesitamos tener montones de ropa, más de 10 colores de labiales, usar un carro para movernos distancias menores a 5 km, electrodomésticos que usamos 1 vez a la semana o menos. No necesitamos tanta joda.

Es tiempo de volver a lo básico, incluso al trueque, si es que renovar nos saca una sonrisa.

Y esta ansiedad e insatisfacción la hemos llevado de lo material a lo cotidiano, a la búsqueda constante de algo más, algo distinto en todos los planos: un amor mejor, un trabajo más interesante, una casa más linda, una ciudad más animada, un cuerpo más acorde con los estándares, un título nuevo. ¿Y cuándo vivimos? Si todo el tiempo estamos en la persecución de algo distinto a lo que vivimos, ¿cuándo nos detenemos a disfrutar lo que es nuestra vida? ¿a disfrutar el camino y dejar el afán por lo que no hay? ¿A agradecer por lo que el mismo planeta nos ofrece de manera gratuita?

Creo que si somos conscientes del rol que jugamos en este juego enfermo que es el consumismo, podemos tomar mejores decisiones y sumarnos a la solución: olvidar el afán del consumo, agradecer, disfrutar y ser felices.

2 recomendaciones para este cierre de semana (y el por qué de mi mood reflexivo):

 

 

Yo, yo, yo ¡y por si acaso yo!

Cuando la vida se torna complicada, cuando creemos que es difícil ser lo que queremos ser o lo que otros esperan que seamos, cuando creemos que no podemos con la carga que el destino nos ha puesto en la maleta, lo que nos hace falta es salirnos de ese YO YO YO.

Vivir en ese ego permanente, en esa ansiedad de que todo lo que pasa es por mí, nos encapusula en angustia. Es tan sano poder ver la película de la vida sin que nosotros seamos los protagonistas, siendo parte de, pero no el centro de atención, ¡que cansado tener todo el tiempo los reflectores encima!

Este ha sido un año de muchísimo aprendizaje en mi vida y no podría estar más agradecida con todo lo que ha pasado, con la gente que ha llegado y se ha ido, con la que permanece, con la vuelve, con las experiencias que he vivido, con los nuevos proyectos, con el despertar de una conciencia más tranquila. Está siendo un gran año. Bonita transición a la adultez… porque ni modo, después de los 30 será convencerme de la adulta que soy.

Y una de las lecciones que más me ha movido es que estar obsesionada conmigo misma, con mi ego, con mi prestigio, con mi nombre, con ser el foco de los reflectores es algo super vacío, al final qué importa a cuánta gente le parezca inteligente, linda, interesante o chingona, ¿acaso con eso estoy mejorando la vida de alguien (incluso la mía)?

La vida no se puede reducir a qué tan importante soy y para quién lo soy, cuando lo más importante que puedo ser es un eslabón en la cadena humana que se mueve para lograr que este mundo sea un lugar mejor… no por el ego, sino por empatía, por el amor desinteresado que sentimos hacia los otros.

Ayudar a otro es el camino más sencillo y amoroso para ser feliz.

Volviendo

Apenas vamos en abril y yo siento que ha pasado una vida entera este año.

Es muy curioso ver cómo hacemos y hacemos planes, queremos concluir cosas, empezar otras, definir relaciones, conocer nuevos lugares, emprender retos. La mente no para de crear historias que creemos, serán ejecutadas por nuestra parte física y racional, esa que luego enfrenta los no, las barreras y todo lo que nos separa de eso que se planea.

Pero más allá de que nos topemos con negativas y barreras en el camino, lo que me ha parecido muy particular este año, es que todo lo más maravilloso que me ha pasado, no estaba planeado, no me lo hubiera podido imaginar, si quiera.

Soy 100% de planes, de tener todo organizado, “la vida resuelta”, dejo poco espacio a la improvisación porque de alguna manera me siento más segura si sé lo que se viene y el rol que tengo en cada actividad, relación y etapa de mi vida. Sin embargo cuando le he dejado, un poco al azar, parte de mi camino, el resultado han sido experiencias increíbles, incluso el maravilloso hecho de vivir en México.

La tarea definitivamente es aprender a vivir más -o únicamente- en el presente, disfrutar de lo que está pasando en el instante sin echar tanta cabeza a lo que se viene en el futuro o a lo que sucedió en el pasado. Mantenerse en el aquí y ahora es la forma más acertada de ser feliz. Bien dice Julieta Venegas: Quien nos dice qué la vida nos dará el tiempo necesario“.  ¡Para qué tanto planear!

Estuve en India. De esas maravillas no planeadas que me han sorprendido este año. Ha sido una experiencia impresionante: caminar esas calles; encontrarme en la mirada profunda de personas con una realidad tan distinta; perderme en los sabores de su comida; sorprenderme con tantos años de historia reflejados en la arquitectura; sonreír con la belleza de los textiles; sentir que la calle es un escenario por los saris llenos de colores y decorados que portan las mujeres; reconocer la belleza implícita en el caos; oler otro mundo. Ha sido tan impactante, que desde que volví, he soñado todas las noches con esa realidad.

Volver siempre es bueno. Volver a sonreír, volver a mí, volver a soñar, volver a la magia de sorprenderme con la vida porque es absolutamente maravillosa conmigo.

 

El miedo a fracasar

Creo que toda la vida he tenido pánico al fracaso, alguien me diría, no es pánico al fracaso, es pánico a defraudar a otros, a perder ‘prestigio’, a aceptar que no eres buena en todo lo que haces o a aceptar que otros muchos, son mejores que tú. Eso no importa. Lo grave del miedo al fracaso es que te ata a una zona de confort en la cuál sabes que todo está bajo control, el riesgo es mínimo y por lo tanto no tendrás que enfrentar una caída dolorosa y vergonzosa. Tal vez sea justo eso lo que más se teme a la hora de fracasar… eso que piensan los demás de ti, la burla, el poderte decir en tu cara, te dije que no lo ibas a lograr y acerté.

No importaría mantenerse en la zona de confort, si realmente fuera cómoda, pero ese sillón empieza a volverse un gran hoyo negro en el que sientes que te hundes y del cuál es cada vez más difícil salir. ¿Habrá quiénes realmente disfruten vivir así?

No sé cómo fracasar, lo cual no implica que sea una triunfadora, más bien he sabido mantenerme en el medio y no hay nada que me fastidie más que ser un promedio. En medio de la constante competitividad en la que vivimos, lo único valioso es ser mejor que los demás.

Es reciente el entendimiento de que el fracaso es parte del proceso de aprendizaje que nos llevará al éxito (whatever it means for each one). Sin embargo muchos no hemos sido educados bajo ese concepto y de alguna manera eso nos ha mantenido en un miedo permanente a fallar, que a su vez nos paraliza cuando de emprender algún proyecto riesgoso se trata.

¿Cómo aprender a tocar el riesgo? ¿Al menos a buscarlo sin detenerse antes de llegar a sentirlo parte de la vida? Debería existir algo así como una maestría para fracasar, morir y renacer en el intento.

Creo que entender el fracaso como parte del proceso y buscar eliminar el miedo asociado a fallar es un buen comienzo para alcanzar lo que nos proponemos. La tarea ahora es encontrar el cómo.

Que las mentiras parezcan mentiras

El coqueteo, la soltería y los treintas son una combinación muy particular, una mezcla de ingredientes que dan lugar a juegos, situaciones y sentimientos que develan la madurez y ¿calidad? de los participantes.

Hablaba hace poco con un amigo de esos que le dan vuelo a conversaciones profundas sobre las relaciones humanas y coincidíamos en que una de las delicias de madurar es poder hablar con claridad con las personas que van llegando a la vida, porque se sabe lo que se quiere, se ha probado, se ha vivido y se ha ganado experiencia que permite ser honesto. Y aunque coincidíamos en que esa es una de las bondades que tiene la adultez, también encontramos que hay gente que prefiere vivir en la ambigüedad.

Según la RAE:

Ambiguo, gua. Del lat. ambiguus.
1. adj. Dicho especialmente del lenguaje: Que puede entenderse de varios modos o admitir distintas interpretaciones y dar por consiguiente, motivo a dudas, incertidumbre o confusión.
2. adj. Dicho de una persona: Que con sus palabras o comportamientos, vela o no define claramente sus actitudes u opiniones.
3. adj. Incierto, dudoso.

La ambigüedad (o lo que se calla) es una forma de mentira conveniente que usan las personas para no enfrentar las consecuencias de la verdad, ya sea por miedo a perder el poder que ejercen en medio del caos, el miedo a quedarse solos o el miedo a comprometerse en una relación, de la que, como todos, pueden salir heridos. Estas personas tienen tanto miedo, que juegan haciendo daño a quiénes los rodean.

Cuando se camina con esa carga de miedo todo se vuelve complicado, las relaciones suponen un problema, las personas se convierten en piezas que entran y salen al antojo antes de que crucen el límite en el que la vulnerabilidad se hace evidente, la mentira disfrazada de falta de claridad se convierte en la constante y el ambiente se carga de ansiedad para mantenerlo en caos.

El miedo jode todo. Y encontrarse con personajes así en el camino representa una carga muy fuerte, porque las mentiras disfrazadas de ambigüedad despiertan expectativas y las expectativas inexorablemente llevan a la decepción.

Entonces como dice Sabina:

Que las verdades no tengan complejos 
que las mentiras parezcan mentiras

¿Quién es el patrón?

Los patrones son algo muy revelador, esos que reconocemos en la vida mucho tiempo después de practicarlos. Los hay positivos y negativos, los que aportan y nos han ayudado a ser quiénes somos, los que limitan y no nos tienen en dónde y como quisiéramos estar. En ambos casos es importante reconocerlos, elegir cuáles queremos que permanezcan, cuáles queremos crear y cuáles son indispensable que eliminemos de nuestras vidas.

Ayuda estar en un mood reflexivo para poderlos reconocer, también ayuda tocar fondo a causa de uno de esos que nos limitan, para descifrarlo. A mí particularmente me sirve mucho escribir, siempre ha sido la manera más sencilla y reveladora de hablar conmigo misma para poner las cosas en blanco y negro, con una que otra tonalidad de gris por ahí colada.

Esta semana hice un ejercicio interesante, enlisté a mis exnovios y puse en una columna lo que me gustaba de cada uno y en otra lo que no me gustaba. Me impactó de muchas maneras y recomiendo ampliamente que lo hagan, sirve de radiografía emocional.

Entre varios descubrimientos, vi la evolución en el perfil de las parejas que he tenido, claro, hay una cuestión de edad, preparación y experiencia implícita en esa evolución, la lista de cosas que me gustaban de mi novio a los 15 años no ocupa ni una línea versus la lista de mi último novio, definitivamente el perfil se ha vuelto mucho más complejo e interesante. Encontré un montón de patrones positivos, pero al mismo tiempo hay patrones negativos de los que ni siquiera era consiente, sólo los logré ver cuando estaban escritos sobre el papel.

Una vez consiente he estado “evaluando” las personas que ahora me rodean, (el mismo ejercicio se puede hacer con amigas, amigos, trabajos, hobbies, etc.) y esto me ha permitido dar un paso atrás, quitarme vendas que me había puesto para permitir la permanencia de personas en mi vida que tienen más de los patrones negativos, que de los positivos y elegir que no tengan un lugar tan relevante en mí.

El camino a la transformación positiva (si es que se busca, se quiere o se requiere) empieza por la conciencia, esa capacidad de ver la película, entendiendo el porqué de los personajes, el origen de la trama y el para qué de la secuencia en el guion. La conciencia de los patrones en la vida son un buen punto de partida para direccionar las elecciones que seguirán construyendo el camino.

Termino de escribir esto con la sensación de que los patrones nos “gobiernan” si es que les damos ese poder. ¿Cómo lograr ser el patrón de nuestros patrones y no al revés? 

Nada más para amenizarles el rato, les dejo esta canción de Systema Solar que se titula Quies es el patrón. El tema no tiene nada que ver con esta entrada, pero es uno de mis grupos colombianos favoritos, además el coro es bastante pegajoso, así que se los comparto.

Disfrutar el camino

Apenas han pasado 28 días de 2018 ¡tanto puede pasar en tan poco tiempo!

Desde el minuto uno de este año he estado en constante aprendizaje. Reencontrar personas que llegan como si nunca hubieran dejado de estar, que aportan lo mejor de ellas para hacerme crecer, conocer nuevos lugares, conectarme con historias, descubrir nuevos intereses, disfrutar de lecturas que me transportan, volver abrir los ojos con la curiosidad de una niña, pero con la madurez de una adulta. Estoy viviendo una especie de revolución emocional e intelectual que empieza a tener efectos en mi interior.

Me veo como una esponja. Es curioso que en el momento en que estamos dispuestos a aprender, el conocimiento empieza a llegar como un río caudaloso, un río lleno de peces de todos los colores, lleno de plantas de distintas especies, un río que a veces está calmado y otras tantas se llena de una fuerza que impresiona. A través de la música, de los libros, de las conversaciones que se salen de lo banal, del vino en buena compañía, de las reflexiones familiares, de los amigos que también están en esa búsqueda de crecimiento. Creo que nada más hace falta estar dispuesto, para crecer.

Hacer que el tiempo juegue a nuestro favor, mientras disfrutamos el camino. Volverlo un aliado en nuestro crecimiento, dejarlo de ver con angustia por lo que “nos falta ahora”. Porque en realidad no nos falta nada.

Creo que aún las mujeres cargamos con el peso del estereotipo de que estamos incompletas, si no tenemos pareja. Y no lo creo porque lo vea en otras, lo he vivido yo. Pero cuando hago el recuento de mi vida, tal cual es, a mis 30 años, sale una sonrisa genuina que se apodera de mí, que hace brillar mis ojos, me siento abrazada por mí misma. Esa maravillosa sensación de seguridad porque cuento conmigo ¡qué más puedo necesitar!

Esta semana estuve leyendo un diario (diario es un decir) en el que escribí durante 4 años de forma ocasional, entre mis 14 y 18 años. Quedé impresionada: 1. de las cosas que creía relevantes, 2. de la relación que tenía con mis papás y 3. de cierta madurez, que ahora reconozco y admiro. Escribí esta frase el día que me volví mayor de edad: Sólo cuando la soledad no sea parte de mis miedos, me sentiré realmente adulta. Con orgullo le puedo decir a la Valeria de 18 años, que lo logré: ya no le tengo miedo a la soledad.

 

Contradicciones everywhere, everytime

¡Ay las contradicciones! Parece que la vida se burla de nosotros poniendo ene mil contradicciones en el camino. Las hay sencillas y complejas. Las sencillas: que las que tienen el pelo liso lo quieren crespo, que las crespas, mejor liso, que las morenas, quieren blanquearse la piel, que las blancas se echan al sol como ranas plataneras para coger color, que a los europeos les enloquecen las latinas, que a las europeas les encantan los latinos y viceversa… Obvio que nada de esto es “regla de oro” algunas tenemos el pelo liso y somos felices con eso,  habrá millones de blacas color Nicole Kidman que huyan del sol y sean felices con su color de piel, pero aunque no sea una regla de oro, la contradicción parece una constante en la vida de casi todos.

Y las complejas: que los que están apenas estudiando su pregrado o licenciatura quieren trabajar, que los que ya trabajan ¡y son independientes económicamente! quieren volver a estudiar, que los Godínez quieren emprender, que los emprendedores quieren la certeza de un salario fijo, que quiénes viajan mucho por trabajo quieren un trabajo más “quieto”, que quienes nunca viajan por trabajo, quieren uno que los ponga a volar por todas partes, médicos que quieren ser artistas, artistas que quieren una carrera más estable, emparejados en una relación estable que quieren la libertad de la soltería, solteros que quieren el soporte que supone una relación. ¡Así la vida!

Dios, el universo, el polvo cósmico de las estrellas, eso en lo que usted cree, debe vivir muerto de la risa de ver nuestras complicaciones mentales. ¿Y mi contradicción actual? ¡Amo la soltería! Si, pero que rico recibir mensajitos del tipo que me mueve el tapete, y salir el fin de semana a cine o a correr juntos, ¡no! pero que delicia hacer lo que se me de la gana, sin rendirle cuentas a nadie o simplemente pensando en lo que quiero yo y yo y yo y nada más yo, ¡no! pero qué tal que llega el tipo ideal y nos morirnos de la risa por cualquier cosa o planeamos una escapada de fin de semana, ¡nombe! pero si esas escapadas de fin de semana sola, son deliciosas, puede conocer más gente, abrirse al mundo, bueno si, es muy rico estar sola, pero tener un cómplice para andar la vida también es chévere… Ay bueno, como sea ¡fluya! fluya, fluir, fluye, déjalo fluir… hasta ahora la palabra más mencionada en lo que va de 2018.

Lo cierto es que la soltería me tiene feliz, tranquila, con esta sensación de plenitud que he venido describiendo en las últimas entradas… y al mismo tiempo alucino con hacer dúo dinámico con alguien, un dúo que implique crecimiento, risas, baile, encontrar un cómplice para andar. La bendita contradicción entre darme un tiempo y compartir mi tiempo con alguien más.

El tema es que con los años (ya empecé hablar como la adulta que soy), eso de encontrar o elegir un cómplice de vida se va volviendo más complejo… o soy yo que complejiza todo (como diría mi roomie), el punto es que ya tengo mayor discernimiento y certeza sobre lo que quiero y lo cierto es que no todo encaja en ese ideal que tengo armado en mi cabeza. Así que mientras llega, lo encuentro, se aparece o encaja, mantengo un romance conmigo misma, también es algo fascinante.

Y para cerrar, me encontré esta frase: “Cuando un tipo le mueva el tapete, no se vaya de jeta”. Tema para la próxima entrada.